June 26, 2020

Jacarandas

Era una mañana de marzo, las jacarandas florecían y pintaban la ciudad de morado. Algo se maquinaba en la ciudad capital. Desde el cielo se apreciaban los volcanes de Agua, Fuego y Pacaya ubicados en el sur occidente y oriente de la capital. Parecían entonces como los guardianes de la ciudad, rodeando el progreso con flora, mermando la urbanidad con la naturaleza, abrazando los edificios. Esa mañana los volcanes de Fuego y Pacaya humeaban con furia, pero ni una llama salía de sus cráteres. En el transcurso de un par de horas el humo se fue disipando hasta perderse en la ciudad.

Hace menos de un año había quedado al mando de la presidencia Marco Vinicio Cerezo Arévalo, quién a raíz de su afiliación con el partido Democracia Cristiana Guatemalteca, tenía ciertos lazos con el autor del genocidio, José Efraín Ríos Montt.

En la séptima avenida de la zona 9, se encontraba el Hotel Dorado. El hotel era conocido por su fachada modernista blanca, balcones con forma de pentágono y sus extravagancias. En ese hotel se fraguaron muchas campañas políticas, amoríos, entre otras cosas que presenció Víctor, el gerente general del bar.

Víctor tenía 30 años. Era chaparro, pero bien catrín. Tenía el pelo negro y colocho, la tez blanca y ojos cafés de mirada tierna. Sus ojos encerraban muchos secretos, que solo él habría de saberlos. Ese día andaba trajeado con un saco azul y camisa blanca, una corbata negra entonces ponía en armonía aquel atuendo con los zapatos negros que llevaba puestos.

La entrega de Víctor por su labor era encomiable, la gente del bar lo buscaba. Conocía tan bien a su clientela que sabía justo qué darles, cuándo y cómo. Uno de sus clientes favoritos era el mismísimo Cerezo. Se dice que hasta una vez le prestó su carro, un Camaro del 68, para escaparse con una amante.

Víctor conocía la ciudad y el hotel tan bien, que sabía a dónde acudir en caso de que necesitase algo. Su red social era tan extensa que se juntaba con gente de toda índole, sin importarle a él realmente el estrato social de sus amistades, lo cual lo ponía a veces en apuros.

—¡Hola Don Víctor! — le saludó Estuardo.

—¿Qué tal cómo le va Estuardo?

—Todo bien gracias a Dios, Don Vic. Le cuento que mi mujer está embarazada y pronto seré padre.

—¡Qué me alegro Estuardo, te prometo que cuando regresé el jefe le voy a decir que te de un bono extra en tu sueldo!

—¡Muchísimas gracias, no sé qué decirle!

—No pasa nada Estuardo, vos siempre me has hecho un buen trabajo y más que merecido tienes un aumento.

 

Víctor, amaba tanto el hotel, que en este mismo conocería al amor de su vida, Rosalía Cifuentes.

Rosalía, era una patoja guapa y morena de cabellos largos y piel morena. Tenía una risa única y un sentido del humor increíble, que la hacían una empleada esencial. Ella trabajaba en el primer nivel, en una tienda de recuerdos para los turistas que iban y venían. Un español había quedado tan encantado con ella que regresó y le trajo un anillo de Madrid y la promesa de hacerla su esposa si ella aceptaba. Aunque halagada por su propuesta, ella lo rechazó. Su corazón no andaba en los lujos de Europa, sino en la simplicidad de su patria.

Un vestido blanco y floreado entonces resaltaba su figura entre las jacarandas que se apreciaban desde la ventanilla. Cuando Víctor terminó de hablar con Estuardo, se dirigió a la tienda de recuerdos donde se encontraban siempre.

 

—Disculpe señorita, ¿aceptaría usted este anillo? Creo que le vendría muy bien, especialmente paseando conmigo por las noches en Madrid —dijo con acento español.

—Brincos dieras Víctor.

—¿Qué te parece si nos escapamos al lago mañana? Nos vamos de la ciudad por un tiempo y pasamos la noche viendo las estrellas en Atitlán.

—Me encantaría, pero no puedo, quedé de ayudar a mi hermana con la mudanza. ¿Por qué mejor no vamos a cenar mañana?

—Me gusta la idea. ¿Qué te parece si cenamos en la Antigua y te llevo a un restaurante italiano?

—Me encanta la idea.

—Bueno así quedamos.

—Bueno, pero te digo algo.

—¿Qué pasó?

—Me acaban de hablar el compadre y el Beto. Dicen que quieren venir acá esta noche –ella lo miró directamente a los ojos.

—Bueno pues, que vengan. No veo ningún problema, son bienvenidos.

—¿Vos vas a estar en el bar? —preguntó ella.

—Sí, que vengan a buscarme.

—Bueno, cuando salga del trabajo les aviso y te veo mañana.

—Okay.

 

Víctor la besó y se despidió de Rosalía en un instante. El Beto Aguilar, mejor conocido como el Beto, era un idealista revolucionario. Inspirado en la muerte de su padre, Beto estaba decidido en acabar con los militares. Había presenciado cómo un general le quitó la vida a su padre.

 

—Yo ya te dije Ramón, todos esos cabrones deben morir —dijo Beto mientras se tomaba su cuarta cerveza.

—Ay Beto, vos cada vez que tomás te pones un poco más mula. Nombre, pensá en tu familia.

—Mi familia va donde yo les diga.

—Beto pensá en tu familia.

—Mira no me jodas la vida con eso, mejor vamos con Víctor al hotel que allí se la pasa uno bien.

 

Víctor los esperaba con ansias cuando de repente, vio entrar al general Marín.

 

—¿Qué tal Víctor? Lo de siempre por favor –el general le dijo mientras se sentaba en la barra.

—¿Qué tal Marín? Todo bien gracias, con mucho gusto –Víctor le sirvió un Grand Old Parr como siempre.

 

Marín era un cliente regular, siempre lo observaba desde lejos, callado y reservado.  Casi nunca tocaba su trago y hablaba solo cuando era necesario y para dar las gracias. En una tarde de enero, lo vio entrar y sentarse en el mismo lugar de la barra. Un muchacho que pasó lo saludo y de dijo:

 

—¿Cómo está mi general?

—Bien gracias, cadete –le respondió fríamente y sin levantar la mirada de su trago.

 

El cadete se marchó y Víctor supo en ese instante que Marín, era un militar de muy alto rango y que siempre iba de encubierto al hotel. Era común en aquel entonces el tener a militares controlando la zona ya que estos serían los encargados de desaparecer a grandes escritoras y escritores guatemaltecos.

 

Marín iba vestido con una camisa de vestir azul y blanca de manga larga con un diseño cuadriculado, unos pantalones de lona y unos Nike blancos que había comprado en un viaje a los Estados Unidos. Su bigote era tan denso y negro como su pelo corto, era un negro que hacía resaltar su camisa. Observó unos momentos a Víctor y le preguntó:

 

—¿Pasa algo?

­—Sí. Tengo que hacer una llamada, vamos a empezar a poner posters para semana santa –se marchó rápidamente buscando a Beto.

 

En cuestión de segundos, Víctor había visto a Beto y al compadre Ramón. Caminó rápido detrás del bar, no le quedó tiempo para dudar y rápido informó al Beto.

 

­—Están aquí.

—¡Gusanos, genocidas! ¿Me han visto?

—Creo que aun no.

—¡Esos soldaditos de plomo me las van a pagar! –dijo con gran estocada a alcohol.

—Shhhhh. No seas idiota, te van a escuchar. Toma esto, aquí te doy unas llaves, en onceavo piso está mi oficina. Te vas por las escaleras sin hacer ningún ruido y te quedas allí.

 

Como pudo Beto caminó hacia las gradas mientras que Ramón observaba desde la ventana del bar cómo unos militares rodeaban su auto. Los habrían descubierto en ese momento a lo cual Víctor reaccionó de manera rápida. Cuando llegó a la barra, vio que la mirada de Marín se hizo más penetrante y sus pupilas negras se agrandaron. Se había parado y a su lado pudo observar a unos uniformados.

 

—¿Todo bien Marín?

—No. Uno de mis hombres me informó ver entrar a un tal Beto Aguilar.

—¿Está seguro usted de eso Marín?

—Seguro estoy de eso. ¡Cuando lo encontremos yo mismo seré el que le de un tiro en la sien al mismísimo hijo de puta! La traición a la patria se paga caro, muy caro y tiene que haber sangre.

 

Víctor lo miró por unos segundos mientras se preguntaba. ¿Cómo dos personas pueden amar tanto a un país y pensar tan diferente de él? Mientras unos seguían idealismos del norte, los otros se inspiraban en la revolución bolchevique. Mientras que el estado mataba a gente inocente los otros injustamente secuestraban empresarios. Era una guerra en donde los inocentes pagaban los platos rotos y los más necesitados eran los mas afectados y aunque algunos revolucionarios peleaban en contra del genocidio, trataban al indígena como un ser inferior, sin darse cuenta de que al igual que los militares, los depreciaban.

 

—Quiero que registren todo el hotel. Quiero que busquen piedras, cuartos y de encontrarlo disparen. ¡Es una orden!

 

Víctor supo entonces que no habría escapatoria para Beto. Por momentos lo recordaba, se le venía a la memoria como tambaleaba para subir las gradas. Como se dirigía a su oficina con una camisa roja con la foto del Ché impresa en negro y unos pantalones de lona ya gastados. En general Marín, abrió la puerta de la oficina de Víctor minutos después.

Abriendo la puerta dispararon, pero para sorpresa de todos no había nadie. La ventana abierta dejaba muchas dudas. Un auto verde a lo lejos se escuchaba con dirección al norte. Se iba perdiendo su visibilidad entre las jacarandas.

Hasta el día de hoy todos se preguntan si estará vivo o estará muerto. Víctor no supo más de Beto, y los militares despejaron el hotel. Dicen que cuando nos morimos nacen más árboles, a los años en frente del hotel, cerca del portón nacieron dos jacarandas y cada semana santa pasaba un borracho, cantando fragmentos del himno nacional, mirando hacia el hotel el cual cerraría sus puertas, para siempre.

 

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *